Como todos los días, la princesa miraba por la ventana del alto castillo que el dragón vigilaba. Ya habían pasado un mes y once días desde que se encontraron aquella noche oscura en las calles de la ciudad, aquella noche en la que prometió protegerla, aquella noche en la que empezaría su largo camino hasta la seguridad y felicidad. Largos cuarenta y dos días que, a la espera de una felicidad, solo traían soledad.
Un buen día, se le pasó por la mente a la pequeña princesa "¿por qué no salir?", el hecho de que la proteja no tiene porqué cambiar fuera de palacio. Ella se levantó un día, se miró al espejo y frente al antiguo aspecto de una adolescente que recién entra en esta época, estaba el de una chica de cerca de unos veinte años, ¿qué ha pasado? Era la hora, era la hora de abandonar los cuentos de hadas, los cuentos en donde un dragón protege a la princesa y donde un príncipe bueno acude a su rescate. Después de ver el gran cambio, se asomó a la ventana y gritó:
-¡Es hora! ¡Dragón, vámonos, abandonemos este solitario castillo, abandonemos esta rutina, aventuremonos en una vida diferente!
-¿Perdón, princesa? -preguntó sorprendido éste.
Seguidamente la chica buscó en su armario unas prendas de campesina y se quitó la corona plateada que adornaba su larga melena castaña. Encontró un traje azul con un delantal y se lo puso, se soltó el pelo, lo peinó y bajó rápidamente las escaleras. Al salir se encontró con la cara sorprendida del dragón:
-¿Echabas de menos tu cuerpo humano? -lo tocó y en un momento se volvió a convertir en el muchacho que era antes de convertirse en el gran dragón.
-¿Y esto?
-Esto no es todo, vámonos, tenemos mucho mundo que descubrir -le agarró de la mano y andaron juntos hacía el pueblo- Encerrarme no me va a ayudar, ¿qué te parece si conocemos un poco cómo están las cosas por aquí?
-Creo que es la mejor desición que ha tomado.
-Trátame de tú y por cierto, creo que no va a hacer falta que me protejas demasiado, de las caídas aprendemos ¿no?
-S-sí.
Caminaron un buen rato hasta que se encontraron a la entrada del pueblo. Se paró la princesa y seguidamente él. Ella se quedó pensando en el sitio, lo miró y dijo:
-¿Cuál es tu nombre?
-No tengo.
Tanto tiempo con él y nunca le había preguntado su nombre.
-Pues cuando quieras, puedes ponértelo -sonrió y emprendieron de nuevo la andanza adentrándose en el pueblo.
martes, 13 de abril de 2010
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Esta Demasiado Wapooo!!!! ^.^
ResponderEliminarste me gusto muxo
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